Ella adoraba las tardes vacías de expectativas y aventuras, o más bien había aprendido a no menospreciar esas tardes, donde tarareaba canciones sin mayor ritmo y tono que un "la la la" mientras giraba enérgica el pomo de la puerta del baño.
Lo que más le gustó siempre era ver el humo salir sin prisa de la bañera mientras ella se desvestía frente al espejo, se sacaba un par de defectos y terminaba sonriendo, pues así era ella y así se gustaba.
No tardaba mucho en meter primero un pie y aunque quemase, aguantaba, pues hay placeres que duelen, y esos son los que más disfrutaba.
Era una paz absoluta la que sentía al notar su pelo suelto bailando al ritmo de las burbujas de su espalda, no había nada más mágico que aquel instante, en el que solo estaba ella y un lienzo en blanco en la mente por delante.
Se revolvía feliz y desentendida con el mundo, provocando los mayores tsunamis que en aquel cuarto de baño habían acontecido, sientiéndose diosa y heroína, por salvarse a sí misma.
Se reía del tiempo cuando estaba allí dentro, soñando sin estar durmiendo, bailando sin estar haciéndolo...
Cerraba los ojos y solo existía ella y aquel susurro de Andrés cantando a lo lejos - "Mira que te están gritando las sirenas ¡guapa!"- Y entonces ella también quiso ser la mujer que le cambió la vida un diez de abril mientras él soñaba bulerías.

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