Es la forma que tiene de ponerle el pelo detrás de la oreja, la mano en el mulso y acercarse a su piel. Y ella, como quién espera en la trinchera que estalle la primera bomba, aguarda. Sabe que cuando la primer ráfaga de aliento cálido le acaricie el cuello, cada poro de su piel se batirá en duelo, y un escalofrío tan suyo, tan intenso, recorrerá cada centímetro de su cuerpo.
A él le encantaba jugar con la piel de gallina que brotaba de sus muslos y ella odiaba saberse tan vulnerable a sus susurros.
Pero allí estaban, cada noche, con los días contados y el reloj en la mano. Librando una de sus mejores guerras, intentando que ambos corriesen victoriosos, procurando que ninguno de los dos perdiera, en cada polvo, nada más que la vergüenza.
Pero allí estaban, cada noche, con los días contados y el reloj en la mano. Librando una de sus mejores guerras, intentando que ambos corriesen victoriosos, procurando que ninguno de los dos perdiera, en cada polvo, nada más que la vergüenza.

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