Eres como esas sandalias preciosas que tanto me gustan y que me pongo cada verano porque parecen no pasar de moda, o me niego a aceptar que pasan de moda. Recuerdo que estuve mucho tiempo buscándolas, recorriendo cada zapatería durante un tiempo, y cuando pensé que no iba a tener zapatos nuevos aparecieron como por arte de magia. No había nada más cómodo, nada más bonito, nada que me sentara mejor y me gustase más sacar a la calle para presumir, porque al fin al cabo también me gustó presumir de ti. Todo era perfecto hasta que ¡joder! Una rozadura… pero bueno, tirita y arreglado, pero está claro cariño, que no puedes vivir con una tirita de por vida y al final vuelven a hacerte alguna herida ¿Y tú qué haces? Pues sigues caminando, porque al final nada del armario te conjunta mejor que esas sandalias. Pero hoy al llegar a casa con los pies en carne viva, me di cuenta de que no hay alcohol que cure las heridas, que además ya empieza a hacer un poco de frío y que para qué engañarte, no me conjuntan tanto como pensaba. Entonces, con los pies destrozados y una mezcla entre mala hostia y tristeza las vuelvo a guardar en la caja y es en ese preciso momento, en el que los pies desnudos tocan el suelo, en el que me di cuenta de que descalza, tampoco se está tan mal.
El problema llega cuando en el calendario vuelve asomar junio, y piensas: ¿y si esta vez no me hacen daño?
-Y así con todo, y así contigo

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