Se sentaron enfrente y ella le
puso delante un trozo de papel. Ella, con esa seguridad tan abrumadora le explicó que bajo ese contrato
le prometía el amor más puro, sincero, fuerte y pasional que jamás haya
conocido el ser humano. Un amor con límites y condiciones.
Él cerró los ojos por unos
segundos y tembloroso cogió la pluma para firmar el papel, nada más terminar su
torcida rúbrica, sonrió triunfador, pues con entusiasmo puso la primera
condición:
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