domingo, 22 de diciembre de 2013

Moscas.

Mi madre siempre dijo que cuando el diablo no tiene nada que hacer, espanta moscas con el rabo. 

Yo no sé si ella es un poco diabla, o más bien es por que no tiene rabo. Pero lo que sí encontró en su supremo aburrimiento fue un poco de luz con la que matar el tiempo. 

Siempre le fascinó como algo tan etéreo era capaz de llenar estadios enteros, como algo tan mágico podría romper la magia de un primer polvo en un cuarto desordenado, cómo algo tan frágil podría causar tanto miedo, cómo una pequeña llama podría quemar y doler tanto. 

Por qué sí, ella no jugaba con luces de colores, ella era la niña que jugaba con fuego. Y así fue como se fue quemando cada yema de sus endebles dedos, jugando, aburriéndose y aprendiendo-se- que jugar es cosa de niños pequeños y dos enormes bultos en su pecho le recordaban que hace tiempo que dejó de serlo. 

Por eso ahora, cada vez que se acerca a algún caballero, le pide permiso para jugar a un juego, aunque casi siempre sea ella la que salga ardiendo. 


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