No había terminado de salir el sol y un débil rayo ya se colaba traidor por una de las rendijas de la persiana. Sin querer iluminaba la parte baja de su espalda y él la acariciaba con ternura y delicadeza, por miedo que se despertara.
Adoraba esas mañanas de invierno en las que entre los dos producían tanto calor que las sábanas se volvían verano. Uno de sus índices se deslizó cauteloso desde su culo hasta su cuello y la caricia fue tan intensa que ella se despertó gimiendo, como si ya la hubiera hecho el amor con un solo dedo.
Tras su sonrisa matutina, él le preguntó entre sollozos cómo podía quererla tanto. Ella le replicó con dulzura, que no la quería tanto, pero la quería bien, y eso era más de lo que jamás nadie le había dado.
Se tumbó boca arriba con su cabeza apoyada en el pecho y mientras jugaba con su pelo le dio por pensar quién le habría enseñado a amar así.
Se había criado con dos mujeres y aunque nunca le faltó de nada, había tardes en las que anhelaba tener un padre con el que jugar a fútbol o le hiciese espadas de madera para batirse en duelo.
Su tía cada mañana le comía a besos, le recordaba lo grande que estaba y en lo buen hombre que se estaba convirtiendo. Sacaba el zumo de la nevera y lo servía a partes iguales, mitad del vaso para él, mitad del vaso para ella. Le decía te quiero cada vez que se marchaba al colegio y jamás le dejó ir sin que le devolviera el beso.
Puede que nunca le diese más zumo o le tratase con preferencia, pero le daba un calor que el propio fuego querría como amante. Y eso valía mucho más que cualquier vaso rebosante.
Su madre, por el contrario, era una mujer fría y despegada, donde su mayor gesto de cariño era cuando le pasaba el peine con la raya al lado y antes de dar por finalizada la sesión matutina de peluquería le acariciaba la cara para comprobar si la tenía seca. Nunca le dijo lo mucho que le quería, ni él se sintió valiente de hacerlo. Sin embargo por las noches, antes de irse a la cama, volvía a sacar el zumo que había desayunado con su tía y le llenaba el vaso hasta arriba y si tenía suerte y sobraran un par de gotas, se las bebía. Cuando cocinaba pescado siempre le servía el trozo con menos espinas, y si se le antojaba repetir, no esperaba a terminar para servir.
Las noches de invierno cuando él salía a jugar con la luna y a recitarle viejos poemas que ella odiaba porque le recordaban a cierto traidor que la abandonó, salía descalza para taparle con su chaqueta y cuando se fue haciendo mayor, eran sus ojeras las que le esperaban despierta cada madrugada, para decirle con una sonrisa ¡Corre a la cama!
Nunca le dijo te quiero, es verdad, pero le enseñó que hay ciertos gestos sabios que te revuelven el corazón sin necesidad de mover los labios.
Y así, aprendió el maravilloso equilibro entre querer mucho y querer bien.
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