jueves, 26 de diciembre de 2013

La vi bailar flamenco.



Ella adoraba las tardes vacías de expectativas y aventuras, o más bien había aprendido a no menospreciar esas tardes, donde tarareaba canciones sin mayor ritmo y tono que un "la la la" mientras giraba enérgica el pomo de la puerta del baño. 
Lo que más le gustó siempre era ver el humo salir sin prisa de la bañera mientras ella se desvestía frente al espejo, se sacaba un par de defectos y terminaba sonriendo, pues así era ella y así se gustaba. 

No tardaba mucho en meter primero un pie y aunque quemase, aguantaba, pues hay placeres que duelen, y esos son los que más disfrutaba. 
Era una paz absoluta la que sentía al notar su pelo suelto bailando al ritmo de las burbujas de su espalda, no había nada más mágico que aquel instante, en el que solo estaba ella y un lienzo en blanco en la mente por delante.

Se revolvía feliz y desentendida con el mundo, provocando los mayores tsunamis que en aquel cuarto de baño habían acontecido, sientiéndose diosa y heroína, por salvarse a sí misma. 

Se reía del tiempo cuando estaba allí dentro, soñando sin estar durmiendo, bailando sin estar haciéndolo... 

Cerraba los ojos y solo existía ella y aquel susurro de Andrés cantando a lo lejos - "Mira que te están gritando las sirenas ¡guapa!"- Y entonces ella también quiso ser la mujer que le cambió la vida un diez de abril mientras él soñaba bulerías.  









martes, 24 de diciembre de 2013

Quiéreme.


No había terminado de salir el sol y un débil rayo ya se colaba traidor por una de las rendijas de la persiana. Sin querer iluminaba la parte baja de su espalda y él la acariciaba con ternura y delicadeza, por miedo que se despertara. 
Adoraba esas mañanas de invierno en las que entre los dos producían tanto calor que las sábanas se volvían verano. Uno de sus índices se deslizó cauteloso desde su culo hasta su cuello y la caricia fue tan intensa que ella se despertó gimiendo, como si ya la hubiera hecho el amor con un solo dedo. 

Tras su sonrisa matutina, él le preguntó entre sollozos cómo podía quererla tanto. Ella le replicó con dulzura, que no la quería tanto, pero la quería bien, y eso era más de lo que jamás nadie le había dado. 

Se tumbó boca arriba con su cabeza apoyada en el pecho y mientras jugaba con su pelo le dio por pensar quién le habría enseñado a amar así. 

Se había criado con dos mujeres y aunque nunca le faltó de nada, había tardes en las que anhelaba tener un padre con el que jugar a fútbol o le hiciese espadas de madera para batirse en duelo.

Su tía cada mañana le comía a besos, le recordaba lo grande que estaba y en lo buen hombre que se estaba convirtiendo. Sacaba el zumo de la nevera y lo servía a partes iguales, mitad del vaso para él, mitad del vaso para ella. Le decía te quiero cada vez que se marchaba al colegio y jamás le dejó ir sin que le devolviera el beso. 

Puede que nunca le diese más zumo o le tratase con preferencia, pero le daba un calor que el propio fuego querría como amante. Y eso valía mucho más que cualquier vaso rebosante. 

Su madre, por el contrario, era una mujer fría y despegada, donde su mayor gesto de cariño era cuando le pasaba el peine con la raya al lado y antes de dar por finalizada la sesión matutina de peluquería le acariciaba la cara para comprobar si la tenía seca. Nunca le dijo lo mucho que le quería, ni él se sintió valiente de hacerlo. Sin embargo por las noches, antes de irse a la cama, volvía a sacar el zumo que había desayunado con su tía y le llenaba el vaso hasta arriba y si tenía suerte y sobraran un par de gotas, se las bebía. Cuando cocinaba pescado siempre le servía el trozo con menos espinas, y si se le antojaba repetir, no esperaba a terminar para servir. 

Las noches de invierno cuando él salía a jugar con la luna y a recitarle viejos poemas que ella odiaba porque le recordaban a cierto traidor que la abandonó, salía descalza para taparle con su chaqueta y cuando se fue haciendo mayor, eran sus ojeras las que le esperaban despierta cada madrugada, para decirle con una sonrisa ¡Corre a la cama! 

Nunca le dijo te quiero, es verdad, pero le enseñó que hay ciertos gestos sabios que te revuelven el corazón sin necesidad de mover los labios. 

Y así, aprendió el maravilloso equilibro entre querer mucho y querer bien.


lunes, 23 de diciembre de 2013

De siempre en siempre

Ahora que ya no me humedeces las sábanas, sino la mirada, 
que los escalofríos no son por tus manos arrancándome la ropa a trompicones, 
 es la rabia que me recorre las venas cuando pienso en tu nombre.
Ahora que tu sudor no es el que me alimenta ni tu recuerdo recorre mi cabeza
y se me torna en negativo la sonrisa 
cuando digo con extrema valentía 
que ahora ya no me duelen ni los labios, 
ni los de arriba ni los de abajo, 
porque no dejo que nadie me los muerda.


Ni lo necesito.

Ahora, que te me antojas extraño y ajeno, 
que no existe el miedo, 
que solo hay odio de un recuerdo errante 
que se pasea por mi mente de cuando en cuando, 
de noche en noche, 
de vez en vez… 
y algunas veces de siempre en siempre.

Ahora es cuando cierro los ojos y mi gesto frío y etéreo se vuelve eterno y te quiere, pero lejos. Lo siento.



Piel


Es la forma que tiene de ponerle el pelo detrás de la oreja, la mano en el mulso y acercarse a su piel. Y ella, como quién espera en la trinchera que estalle la primera bomba, aguarda. Sabe que cuando la primer ráfaga de aliento cálido le acaricie el cuello, cada poro de su piel se batirá en duelo, y un escalofrío tan suyo, tan intenso, recorrerá cada centímetro de su cuerpo. 

A él le encantaba jugar con la piel de gallina que brotaba de sus muslos y ella odiaba saberse tan vulnerable a sus susurros.
Pero allí estaban, cada noche, con los días contados y el reloj en la mano. Librando una de sus mejores guerras, intentando que ambos corriesen victoriosos, procurando que ninguno de los dos perdiera,  en cada polvo, nada más que la vergüenza. 


domingo, 22 de diciembre de 2013

Moscas.

Mi madre siempre dijo que cuando el diablo no tiene nada que hacer, espanta moscas con el rabo. 

Yo no sé si ella es un poco diabla, o más bien es por que no tiene rabo. Pero lo que sí encontró en su supremo aburrimiento fue un poco de luz con la que matar el tiempo. 

Siempre le fascinó como algo tan etéreo era capaz de llenar estadios enteros, como algo tan mágico podría romper la magia de un primer polvo en un cuarto desordenado, cómo algo tan frágil podría causar tanto miedo, cómo una pequeña llama podría quemar y doler tanto. 

Por qué sí, ella no jugaba con luces de colores, ella era la niña que jugaba con fuego. Y así fue como se fue quemando cada yema de sus endebles dedos, jugando, aburriéndose y aprendiendo-se- que jugar es cosa de niños pequeños y dos enormes bultos en su pecho le recordaban que hace tiempo que dejó de serlo. 

Por eso ahora, cada vez que se acerca a algún caballero, le pide permiso para jugar a un juego, aunque casi siempre sea ella la que salga ardiendo. 


Con los pies sangrando



      Eres como esas sandalias preciosas que tanto me gustan y que me pongo cada verano porque parecen no pasar de moda, o me niego a aceptar que pasan de moda. Recuerdo que estuve mucho tiempo buscándolas, recorriendo cada zapatería durante un tiempo, y cuando pensé que no iba a tener zapatos nuevos aparecieron como por arte de magia. No había nada más cómodo, nada más bonito, nada que me sentara mejor y me gustase más sacar a la calle para presumir, porque al fin al cabo también me gustó presumir de ti. Todo era perfecto hasta que ¡joder! Una rozadura… pero bueno, tirita y arreglado, pero está claro cariño, que no puedes vivir con una tirita de por vida y al final vuelven a hacerte alguna herida ¿Y tú qué haces? Pues sigues caminando, porque al final nada del armario te conjunta mejor que esas sandalias. Pero hoy al llegar a casa con los pies en carne viva, me di cuenta de que no hay alcohol que cure las heridas, que además ya empieza a hacer un poco de frío y que para qué engañarte, no me conjuntan tanto como pensaba. Entonces, con los pies destrozados y una mezcla entre mala hostia y tristeza las vuelvo a guardar en la caja y es en ese preciso momento, en el que los pies desnudos tocan el suelo, en el que me di cuenta de que descalza, tampoco se está tan mal. 


El problema llega cuando en el calendario vuelve asomar junio, y piensas: ¿y si esta vez no me hacen daño? 

            -Y así con todo, y así contigo


Microrrelato III


Después de tantos viajes, tantas idas y venidas, tanta gente conocida y tantas maletas hechas con prisa, después de tantos años y de tantas despedidas, por fin un día se dio cuenta de que no importa quien la despida, sino quien esté dispuesto, después de cada viaje, a darle de nuevo, su bienvenida.

Cog I


Hay veces que volver no significa retroceder, hay veces que volver -ya sea un lugar, una persona, un hábito, incluso escuchar una vieja canción- significa avanzar, aceptar que algo en el pasado fue, y puede que no vuelva a ser, pero seguimos, porque lo importante aquí siempre ha sido seguir.



Microrrelato II


Porque en el momento justo en el que a él le dejó de sobrar un día en el calendario, a ella le empezó a faltar. Debe ser que ella echa de menos, lo que él echa de más. Ahora no son más que dos extraños jugando a olvidar.

Microrrelato I


Se sentaron enfrente y ella le puso delante un trozo de papel. Ella, con esa seguridad tan  abrumadora le explicó que bajo ese contrato le prometía el amor más puro, sincero, fuerte y pasional que jamás haya conocido el ser humano. Un amor con límites y condiciones.
Él cerró los ojos por unos segundos y tembloroso cogió la pluma para firmar el papel, nada más terminar su torcida rúbrica, sonrió triunfador, pues con entusiasmo puso la primera condición:

Que el único límite fuese el infinito