lunes, 17 de febrero de 2014

¡Qué le jodan a la primavera!

Se me atragantan las horas y pienso si de verdad respiro más de dos veces al día, mi boca no lo nota desde que no te toca.
Ya no recuerdo tu voz ni me esfuerzo por acordarme de ella, pero una lágrima asoma cuando te pienso tan lejos, tan ajeno.
No eres más que esa cenefa de baño que ves todos los días de tu vida sin querer  y cuando aparece en otro cuarto de baño te invade un aliento de hogar y unas ganas locas de llorar, pero no es momento ni es lugar, otros calzoncillos decoran la alfombra de mi cuarto y disimulo errada con un “no me pasa nada” y acierto con el nada, fallo creyéndome que no me pasas.
Tú eres un cobarde desagradecido y desgraciado, que se parece pero no es lo mismo, ya te encargas tú de destacar muy bien la diferencia entre ambas. Yo, sin embargo una triste autocompasiva que odia la compasión y se muerde el labio y las ganas de tirarte al suelo y decir que me trata mejor tu ausencia de lo que lo hacía tu presencia. 
Fuiste el  viento que me movía y ahora tan solo eres aire que me molesta en la cara, me repito y sonrío, ignorando que suenan violines y me hablan de ti y de mí, que ya no hay futuro y procuro, que el pasado no me coja desprevenida con la moral distraída, no te regalo más que estás tristes líneas.
Y caigo al menos una vez al mes, ya ves. "Como una droga cortada, me endurece tu recuerdo y ahí me quedo", entre líneas vacías que me cabrean, no me quiere ya ni la poesía.
Hoy mis margaritas se marchitan y pienso: 

 ¡Qué le jodan a la primavera!.

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