La miró como un sediento mira un río correr, con deseo y misterio por si de sus labios se podría beber.
El reloj giraba en su muñeca como si el tiempo fuese un concepto nimio para él y se veía incapaz de centrar la atención en nada más que no fuera su piel, deseoso de saberse merecedor de tan dulce placer.
Era hermosa, no cabía duda, y esa sonrisa que asomaba tímida por su comisura derecha, muriendo en un pequeño hoyo en su mejilla, le provocaba los más primitivos instintos suicidas, anhelando morir en él, también.
Leía un libro con la mirada agachada y esas pestañas infinitas apuntando al cielo, y él, soñador, solo quería enredarse en ellas y protagonizar sus sueños.
En cada latido sentía su corazón explotar en el pecho, sonaba tan fuerte que tenía verdadero miedo a que ella lo escuchase desde un viejo sofá de cuero, acurrucada, sintiéndose invisible de cualquier contratiempo. Por eso él se llevaba la mano al pecho, queriendo, por un segundo, parar el tiempo y volar hasta su pelo.
Quería conocerla, saber qué leía, preguntarle cual era su lado favorito de la cama y la temperatura ideal del agua cuando se baña. Quería saber qué momento del día prefiere para mirar por la ventana, si le gusta el mar o prefiere la montaña.
Deseaba recorrer cada lunar de su cuerpo, dibujando constelaciones entre poro y poro -de poco en poco. Para que le durase más, para que fuese eterna y que los domingos se dejara acariciar la entrepierna. Besarle el ombligo hasta que le floreciese en sus ojos la primavera. Ser dueño de cada gesto de su cara y que a la vez fuese alma libre y jamás dejara de sonreír con tanta magia.
Pero como tonto soñador él mismo se sabía, que no era más que un pobre loco enamorado de la más hermosa utopía.
Escribiendo en sus apuntes una y otra vez: "No habléis de belleza sin haberla visto a ella".
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